
Pinta mal la cosa ¿no? Pues, si la analizamos más a fondo, pinta peor: y es que en 2008 las películas españolas recaudaron en taquilla 81 millones de euros, pero recibieron subvenciones del Fondo de Protección a la Cinematografía por valor de ¡85 millones de euros! El dato es demoledor, en 2008 nuestra industria cinematográfica comió de lo que le pagaba el Estado, algo inimaginable en cualquier otro sector productivo. Aquí tengo que citar ineludiblemente a mi amigo Antonio, que constantemente me recuerda que la mayoría de los cineastas españoles viven de la sopa boba. Su argumento es inapelable: "si yo abro una zapatería y no vendo zapatos, la cierro porque el negocio no es rentable, y asumo las consecuencias de mi mala inversión o incompetencia para gestionar el negocio. Pero si en España haces una película que naufraga en taquilla, ¡no pasa nada! Pides una subvención al Gobierno y haces otra". Y así tenemos grandes directores que a Garci y cuatro más les deben encantar, pero que al público (el que paga) está visto que no; pero a pesar de contar sus estrenos por discretos (o fracasos) siguen en el negocio. Oiga, así también hago yo cine.
Volvamos a verano de 2009, ¿qué fenómeno se produjo a partir del mes de octubre para darle la vuelta a la tortilla? Pues fenómenos con nombre y apellido: Rec 2, Celda 211, Spanish Movie, Planet 51, Ágora y El secreto de sus ojos. Seis números 1 de taquilla, algo impensable para el cine español, que cuando ha registrado una buena taquilla anual suele ser arrastrada por una o dos películas (los casos de Torrente 2 y Los Otros son de referencia). Estas películas han tenido tal respuesta de público que permitieron cerrar 2009 con una recaudación estimada de 104 millones de euros (aún no se conocen datos oficiales), a lo que se deberá sumar lo que recauden en salas de otros países. Y el tirón de estas producciones continúa siendo el principal sustento de la taquillas española durante los primeros meses de 2010. ¿Notáis cuál es el parecido entre todas ellas? La calidad es más bien dispar, y el público al que se dirigen también. La respuesta es que TODAS son películas de género: terror, thriller carcelario, comedia que copia descaradamente a las spoof movie yankis, animación digital, un péplum en toda regla y un thriller noir de investigación.
Nada de triángulos amorosos, de tórridos romances, de complicadas tragedias, de comedias castizas... nada de eso. Cine de género con la estructura y referencias heredadas del cine USA, el cine que va a ver la gente, al que está acostumbrado el público (sí, porque nuestro público conoce y disfruta más los patrones del cine USA que los del cine español, basta con ver la taquilla). Los productores de estas películas lo sabían, y los directores (en su mayoría jóvenes que han bebido más del cine de Spielberg, los Farrelly o Pixar que de Garci, Trueba y Bigas Luna) también, y han ofrecido descaradamente y sin tapujos lo que el público demandaba. Acompañado, eso sí, por una producción y una inversión a la altura de lo que nos suele proponer Hollywood, porque si no, no cuela. ¿Alguien cree que Ágora tiene peor puesta en escena que los últimos péplum procedentes de Hollywood? ¿O nota alguna diferencia entre la animación de Planet 51 y la de una peli de Dreamworks? Son películas realizadas por equipos eminentemente españoles, pero con un continente y un contenido más del gusto del público global, lo que permitirá que continúen su carrera comercial fuera de nuestras fronteras.
La duda que nos queda es, ¿es esta tendencia positiva? Yo creo que sí. Muchos afirmarán que esto es abrazar la globalización, perder la seña de identidad de nuestro cine. Yo creo que al público hay que entretenerle, ofrecerle lo que quiere, y después le podremos deslizar sutilmente nuestro mensaje, nuestro estilo o nuestra seña de identidad.
Lo que está claro es que el cine español no podía seguir por donde iba; así que, bienvenido este cine español de género, este cine comercial, de valores de producción elevados y grandes inversiones. Primero ganémonos al público, que esto es una industria, y luego preocupémonos de nuestras señas de identidad