jueves 5 de noviembre de 2009

Un año de Obama

En periodismo se dice que las efemérides y aniversarios no son noticia, pero es cierto que tienen su utilidad como estaciones en las que pararse, mirar atrás y hacer balance. Así que informativamente quizás no tengan validez, pero analíticamente sí, y el análisis también es periodismo, aunque a algunos se les olvide devorados por la urgencia del día a día.

De cualquier modo, esto no va de hacer periodismo ni de análisis político porque, para ser justos, ¿qué ha podido hacer Barack Obama en un año desde su elección (nueve meses desde que tomó el poder)? Algunos dirán que mucho, yo creo que prácticamente nada.


Cualquier puesto de trabajo mínimamente cualificado requiere un periodo de adaptación, una larga etapa de aprendizaje hasta que dominas a fondo los entresijos del día a día, y aun así habrá situaciones excepcionales que no sabrás como afrontar hasta que te las encuentres de bruces. Imaginaos lo que debe ser presidir un gobierno como el de los USA, sin que nadie te diga dónde se guarda el lapicero, o donde no existe cotidianeidad a la que acostumbrarte.

En realidad, Obama es víctima de las expectativas, el jurado más cruel que existe, máxime cuando son expectativas desbordadas. ¿Pero es culpa suya o de un electorado que lo ha elevado a cotas mesiánicas? Algunos diréis que él y su equipo han alimentado esa imagen. Claro que esa es la obligación de cualquier político que quiere ganar unas elecciones. Ese es el juego democrático.

Siempre he trazado una línea entre los políticos que son buenos candidatos y los que son buenos gestores. Nos podemos encontrar a tipos grises, con poco gancho electoral, que sin embargo serían gestores honrados y eficaces a la hora de conducir una administración. Lamentablemente, nunca llegaríamos a descubrirlo, porque no ganarían en un proceso electoral. Este tipo de políticos, cojos de carisma, sólo llegan al poder de la mano de aquellos cabezas de lista que sí tienen el tirón necesario para batirse en la arena electoral.

Creo que éste es uno de los grandes handicaps de la democracia, que se elige a los presidentes, a los alcaldes, en función de una serie de valores, de aptitudes, que sólo les servirán para encumbrarse hasta el poder, pero que a nadie aseguran una buena gestión posterior, que es de lo que se trata al fin y al cabo. Este fenómeno, en su extremo más negativo, da lugar al populismo (nuestros ayuntamientos están llenos de claros ejemplos: alcaldes que amparados en su carisma y en la habilidad para la supervivencia política se perpetúan legislatura tras legislatura, a pesar de una gestión mediocre o directamente pésima).

En el otro extremo, podemos encontrar políticos que son hábiles comunicadores, que dominan la contienda electoral, y que una vez llegan al poder demuestran ser también impecables gestores. Animales políticos capaces de tocar todos los palos: duros escaladores en la montaña y finos velocistas en la contrarreloj. Por supuesto, son unos pocos elegidos. ¿Es Obama uno de ellos? Aún no podemos saberlo.

El primer presidente negro de los Estados Unidos ha hecho historia con su camino hasta la Casa Blanca, desvelándose como un comunicador arrollador, una persona de carisma inusitado y una ambición a la altura (recordemos que sin este gen, ningún político llega a las más altas instancia. Aquí no hay ningún Frodo al que se le entregue el anillo de poder, precisamente, porque es el único que no lo desea). Todo ello le ha permitido alcanzar su meta a pesar de defender un programa electoral excesivamente progresista para el paladar norteamericano; habrá que ver ahora su capacidad para ponerlo en práctica.

Que conste que no desconfío de las intenciones de Obama. Creo que muchas de sus políticas no son populares para parte de sus votantes, así que si fue capaz de defenderlas durante la campaña abiertamente es porque debe tener una visión en la que cree. Sin embargo, el presidente USA no es omnipotente, como se está viendo, y algunas de sus propuestas claves, como su plan para una sanidad "pública" (así, entre comillas) o el cierre de Guantánamo, están enfrentándose a enormes obstáculos puestos, en muchas ocasiones, desde el propio Partido Demócrata. Por tanto no es que desconfíe tanto de las buenas intenciones de Obama como de su capacidad para llevarlas a cabo.

La caída de la popularidad de Obama responde, ahora mismo, a la desilusión de parte de su electorado, que no supo distinguir el resplandor dorado de una campaña electoral del lodazal del día a día de la gestión política. Habrá que esperar a que termine su mandato para cotejar lo que prometió con lo que ha conseguido; sólo entonces veremos si Obama ha sabido ser (aunque sea mínimamente) tan buen gestor como candidato. Lo tiene ciertamente difícil, porque como presidenciable desarrolló una campaña para los anales de la política, que será difícilmente igualable por la realidad.

sábado 31 de octubre de 2009

Después de 20 años, se estrena en España "Mi Vecino Totoro"

Abro la Fotogramas y me encuentro con algo insólito: en la sección “La opinión de nuestros críticos”, donde se elabora un ranking con las puntuaciones de todos los críticos de la revista, me encuentro que la lista la encabeza una peli que, por primera vez desde que leo la publicación, recibe 5 estrellas de todos los periodistas. ¿A qué se debe este milagro? Al reestreno en España de Mi Vecino Totoro. Y no puedo evitar esbozar una sonrisilla, porque vi esta película por primera vez con 15 años y quedé irremediablemente prendado de ella; hasta el punto de que, a lo largo de los años, se la he hecho ver a todo el que se ha dejado. Algunos han compartido mi entusiasmo, otros me miraban y decían ¿de verdad es para tanto? “¡Por supuesto que sí! ¡Es para más!”, gritaba yo, sin resultar muy convincente. Y ahora descubro que los críticos de este país ya sabían que Mi Vecino Totoro era una obra maestra, pero se habían olvidado de comentarlo hasta su reestreno. O quizás no habían puesto sus ojos en el trabajo de Hayao Miyazaki hasta que recibió un Oscar por El Viaje de Chihiro (2001).



Que la popularidad de Miyazaki se ha disparado a raíz del Oscar es un hecho. Lamentablemente, la consecuencia negativa de esto es que su obra más conocida para el gran público es, precisamente, la oscarizada El Viaje de Chihiro, una buena película que, no obstante, está lejos de las obras maestras de Miyazaki San. Y entre ellas, destaca la santísima trinidad de los estudios Ghibli: Nausicaa del Valle del Viento, Porco Rosso y Mi Vecino Totoro. Tres obras maestras atemporales, tres monumentos al cine, tres películas que son casi imposibles de ver en España.

Habría que decir que Mi Vecino Totoro es el buque insignia y logotipo del legendario estudio Ghibli, la productora de Hayao Miyazaki. Una película con la que se jugaron, en 1988, la quiebra o la subsistencia del estudio. Afortunadamente para todos, la cosa salió bien, y Mi Vecino Totoro se ha convertido en un megaclásico desconocido para el gran público, pero con una enorme influencia entre muchos realizadores. Elegida como “la mejor película de animación de todos los tiempos” por Time Out, Totoro es la película fetiche de John Lassater, fundador de Pixar, que tiene a Miyazaki como su absoluto referente. Como curiosidad, el corto Mei y el Gatobús (protagonizado por dos de los personajes de Mi Vecino Totoro), que fue escrito y dirigido en 2003 por Hayao Miyazaki para proyectarse en el parque temático de estudios Ghibli en Tokio, sólo se ha proyectado una vez fuera del recinto: en los estudios de Pixar en California, por petición de Lassater y con permiso expreso de Miyazaki.

Así que los aficionados al buen cine estamos de suerte. Un año después de que se celebrara en Japón el 20 aniversario de Tonari no Totoro (la traducción más exacta sería “Los Vecinos de Totoro”) llega a Europa esta edición restaurada. En realidad no es un reestreno, porque Totoro nunca se llegó a estrenar en cines occidentales, y hasta la fecha la única oportunidad de verla por estos lares era su vieja edición en VHS, al igual que sucede con tantas películas de Miyazaki (otras, como Nausicaa, jamás se han publicado en España en formato alguno). Así que os recomiendo que aprovechéis y vayáis a verla al cine (si se ha estrenado en vuestra ciudad), porque cabe la posibilidad de que debamos esperar otros 20 años para volver a verla.

Mi Vecino Totoro cuenta la historia de dos hermanas, Mei y Satsuki, y su padre que se trasladan a vivir a una casa de campo. Las pequeñas, procedentes de un ambiente urbano, descubren con entusiasmo el estilo de vida del entorno rural de los años 50, y a un vecino bastante desconcertante: Totoro, un espíritu del bosque. Si me preguntáis de qué va Mi Vecino Totoro, va de esto. En la película no hay mucho más, no hay grandes aventuras ni peligros que salvar. Es, ni más ni menos, que un maravilloso retrato de un estilo de vida y un ambiente ya desaparecidos en casi todos los lugares del mundo, de la maravilla del proceso de aprendizaje, de la capacidad de fascinación de la infancia. Y es, también, una de las mejores construcciones de personajes que he visto.

Habitualmente, sabemos que para obtener grandes personajes debemos construir personalidades coherentes, con rasgos fuertes que les hagan sobresalir de lo ordinario, y enfrentarlos a situaciones críticas en las que puedan poner en juego esa personalidad. Las historias de gente normal a la que le pasan cosas comunes no suelen interesar. Sin embargo, Miyazaki escribe sus propias reglas, juega a otro juego: Nos presenta unos personajes creados con detalle y mimo, definidos de forma maravillosa a través de rasgos cotidianos y de la manera en que interactúan entre ellos. La responsabilidad y cariño con que Satsuki cuida de su hermana menor, Mei. La obstinada personalidad de la pequeña, que sin embargo intenta imitar a su hermana mayor en todo. La devoción de su padre por las dos pequeñas, ante las que intenta mostrarse alegre pese a la preocupación que le supone la enfermedad de su esposa. Los lugareños que acogen con calidez a los nuevos vecinos, a la vez que observan divertidos los hábitos y el alboroto de las dos hermanas. Y Totoro y su extraño mundo. Con todo ello Miyazaki crea un fresco maravilloso, sosegado, tranquilo como el bucólico ambiente que recrea, y dibuja poco a poco a unos personajes absolutamente creíbles, con los que empatizamos a través de la risa. De verdad, no os la perdáis.

miércoles 21 de octubre de 2009

El fútbol, los periodistas y "Mamadona"

Los periodistas deportivos y la gente de fútbol (futbolistas, entrenadores, directivos…) tienen una peculiar relación. Se necesitan, pero no se gustan. La prensa, en casi todas las actividades de carácter público, es vista como un mal necesario por el que está al otro lado del micrófono. Políticos, deportistas o gente de la cultura y el espectáculo necesitan de los medios, ya que de estos dependen su notoriedad, su capacidad de llegar al electorado o, directamente, su salario, como es el caso de los futbolistas. Pero preferirían periodistas dóciles, acríticos, que se dedicaran exclusivamente a cantar sus alabanzas y, en definitiva, no les molestaran.
Que a uno le critiquen siempre duele, y si es en público más. Si encima se hace de una forma tan insistente como acostumbra la prensa deportiva, que debe rellenar diariamente miles de páginas y minutos de información con lo que sea, es normal que se produzcan roces constantes entre ambos “bandos”, máxime si los objetos de la información no son capaces de aprender a convivir con la presión mediática. Pero qué quieres que te diga, es la otra cara de la moneda con la que tan generosamente te pagan, si no eres capaz de soportarlo, pues ya sabes.

Todo esto viene a cuento de las “declaraciones” de Maradona, otrora genio del fútbol, ahora seleccionador nacional de Argentina. Tras clasificar para el Mundial por los pelos a una de las selecciones con más potencial del planeta fútbol, se explaya públicamente contra los medios de comunicación argentinos, primero en el terreno de juego, coreando con todos sus jugadores eso de “putas periodistas”. Después en rueda de prensa, sentenciando con el ya famoso “a los periodistas les digo que la chupen y sigan mamando”. Y lo dice crecido y orgulloso, sacando pecho como el que acaba de lograr una gesta, cuando lo lógico sería santiguarse y dar gracias por haberse librado del lío que él mismo ha provocado.

A mí Maradona siempre me ha parecido un poco impresentable, una persona a la que se glorificó por lo que era capaz de hacer con el balón pero que, una vez retirado, perdió toda capacidad de asombrar, al menos para bien. El genial 10 argentino ha devenido en una persona enferma, en constante proceso de rehabilitación, como todos los adictos, al que cruelmente se le expone a una presión que no puede soportar ni por su forma de ser ni por sus circunstancias. En definitiva, toda esta admiración que despierta Maradona en Argentina, todo este “nos ponemos en tus manos”, me parece que esconde más bien grandes dosis de manipulación. Poniendo al frente del fútbol argentino a Maradona, un vórtice mediático capaz de absorber toda la atención de la prensa, los que se encuentran entre bambalinas, en especial Julio Grondona, presidente de la AFA y vice de la FIFA, tienen un parapeto perfecto entre ellos y los molestos medios de comunicación. Aunque, desde el punto de vista futbolístico, se preveía que la apuesta no iba a salir precisamente bien.

¿Sólo a mí me provocó vergüenza ajena ese abrazo desencajado entre Maradona y Bilardo? Dos tipos que no se tragan y que, extasiados por el momento, lloraban acurrucados por clasificar a Argentina para el Mundial (ya digo, el mínimo exigible). No sé qué nos espera si ganan el próximo año.

martes 13 de octubre de 2009

Esta sociedad está muy mal montada

He aquí una breve queja (es un decir) sobre un problema que no tiene nada de breve: esta sociedad está muy mal montada.

Vayamos por partes: supuestamente tenemos que ser elementos productivos y útiles de esta sociedad, por lo que se nos alienta a perseguir nuestros horizontes profesionales allá donde nos lleven. Si te vas lejos de casa, ¡incluso mola más! Ahora bien, a los 30 va siendo hora de montar una familia, un proyecto personal al que también se nos alienta desde lo institucional (cheque bebé y otras ventajas mediante), porque uno de los principales problemas de la sociedad occidental es que la población envejece a marchas forzadas y, claro, sin nuevos cotizantes no se puede pagar a los que se jubilan.

Así que tú coges el petate y te vas a currar donde te dan trabajo de lo tuyo. Pero llegan los 30 y te pagan una mierda, con lo que, al no estar en tu casa, te pules medio sueldo en el alquiler y el otro medio en subsistir y hacer un par de escapadas al año. Primer problema para el proyecto personal de familia y tal ya que, sin dinero ahorrado, no hay entrada para el piso. ¿Vivir de alquiler? Vale, entre 900 y 1.300 euros mes por un piso decente. Ahora decidme que es una opción.

A ello debemos sumarle que tu pareja también está fuera de su casa, ergo sin ahorrar, y también vive en otra ciudad por motivos laborales. Ya sabemos que, salvo nueva orden, la proximidad física también es indispensable para el proyecto de llevar una vida en común. Ricemos el rizo: hay empresas que, directamente, intentan desnaturalizar a sus trabajadores e impedir que desarrollen su vida personal ya que, no se sabe por qué retorcida creencia de los gurús de recursos humanos (gente con el alma negra como Satán) si estás lejos de tu familia, tus amigos y tu pareja, rindes más profesionalmente. ¿Que no os lo creéis? Ya os contaré yo.

Y todo eso si has encontrado curro. Que te puedes ver en la situación de ser >25 años, tener tu carrera, tus cursos, incluso tu master, y tú venga a echar CVs y no te llaman ni para una miserable entrevista. Y, si te llaman y no te contratan, no te dan una razón sobre qué aspectos de tu CV tienes que trabajar. Y, si te contratan, te metes en la espiral antes descrita.

Parte del problema es que el mercado laboral esta masificado de profesionales con titulación universitaria y, según la ley de la oferta y la demanda, a mucha oferta se abarata el producto (sí, nosotros somos el producto). Para colmo, los puestos que requieren esa cualificación son más bien escasos, y el acceso a ellos suele tener unos “peculiares criterios de selección”. Luego dicen que el problema es que la mayoría de los jóvenes españoles quieren ser funcionarios. ¡No te jode! Paga 2.500 euros/mes a un licenciado, como se paga en cualquier país europeo de la era moderna, o 4.000 dólares como en USA, ofrece un plan de desarrollo profesional y ventajas sociales, y ya verás como no todo el mundo quiere ser funcionario. El problema es que, cuando llevas años buscando un trabajo digno sin encontrarlo, preparar oposiciones es para muchos la única manera de sentirse útil. Porque digo yo, señor empresario, indistintamente de que le lleguen 2, 3 ó 130 currículums para el puesto que necesita cubrir, la cualificación y la responsabilidad que requiere dicho trabajo sigue siendo la misma. Lo lógico, por tanto, es que el salario y las condiciones fueran acordes a lo que el puesto exige, no al número de candidatos que opten al mismo. Como he dicho, eso sería lo lógico, a no ser que apliquemos la ley de la oferta y la demanda a los trabajadores.

Por supuestos, podríamos continuar enumerando cosas que no encajan, pero yo he optado por las que me tocan más de cerca. En próximos capítulos explicaré por qué la democracia requiere un pequeño esfuerzo por parte de los ciudadanos para funcionar de verdad. Con dios.

domingo 4 de octubre de 2009

Gloriosos bastardos

Quentin Tarantino es uno de esos autores en los que puedes confiar. Hace tiempo le leí en una entrevista que quería que, dentro de 30 años, cuando un chaval encontrara sus pelis en alguna estantería y las viera pensara “qué pasada, cada película es mejor a la siguiente, este tío nunca te decepciona”, de modo que cuando sienta que no puede hacer un film mejor al anterior dejará de hacer cine. No creo que Inglourious Basterds sea mejor que Kill Bill, y desde luego no es mejor que Pulp Fiction, pero en cada minuto de metraje se percibe el hecho de que Q.T. está convencido de estar rodando su “jodida” obra maestra. Está tan convencido que él mismo nos lo dice en el último plano de la película: “creo que ésta puede ser mi obra maestra”.

























Obra maestra o no, Inglourious Basterds es un peliculón: intensa, inteligente y divertida pese a sus dos horas y media de metraje. Y muestra la enorme capacidad de Tarantino para evolucionar, haciendo una película inconfundiblemente suya, pero más redonda, más madura como director, con todo ese talento suyo más controlado. En esta ocasión Q.T. piensa más en el espectador y menos en lo que a él le gusta; es más consciente de su público y trabaja buscando controlar las emociones que puede provocar en el mismo, dejando de lado cosas que probablemente le gustaría utilizar en el metraje pero que no contribuirían al desarrollo del film. Algo que, decididamente, no sucede en Kill Bill, por ejemplo, donde hay escenas rodadas por pura autosatisfacción del director, porque a él le gustan y sabe que quedarán geniales aunque no sean imprescindibles. Y si no le gustan al espectador que se joda.

Inglourious Basterds se desarrolla en la Francia ocupada por los nazis, donde un grupo de soldados norteamericanos judíos (los 'Inglourious Basterds' del título), liderados por el teniente Aldo Raine (Brad Pitt), tienen como única misión masacrar nazis de la manera más atroz posible, con el objetivo de minar la moral de las hordas del III Reich. En esas se encuentran cuando se les presenta la inesperada oportunidad de perpetrar un atentado contra el mismísimo Führer, que se desplazará a París para el estreno del último film de ensalzamiento del nazismo de su ministro de propaganda, Joseph Goebbels.

Ni que decir tiene que la fidelidad histórica de la película es mínima, siendo una auténtica gamberrada que usa el trasfondo a su antojo para rodar un verdadero What if? Pese a ello la ambientación es estupenda, no carente de verosimilitud, a lo que contribuye especialmente uno de los pilares del film: el uso de los idiomas. Cada personaje de la historia está interpretado por un actor de la misma nacionalidad, que habla en su idioma natal; de modo que los alemanes hablan alemán, los franceses francés, los ingleses inglés con acento británico, y los americanos lo mismo, estando la mayor parte de la película subtitulada. Una deliciosa torre de babel idiomática en la que se desenvuelve con absoluta soltura el coronel de la SS Hans Landa, "el Cazajudíos", interpretado por el alemán Christoph Waltz. Landa es el único personaje del film capaz de dominar idiomas que no son el suyo y, como él mismo reconoce en la primera escena, de pensar de manera distinta a los suyos, de ahí la clave de su éxito. En una película coral, como la mayoría de las de Tarantino, el coronel Hans Landa brilla con luz propia, siendo un absoluto hallazgo de guión. Uno de esos personajes que se te graban en la retina, con un Christoph Waltz que roba la cámara a todo el que se le ponga al lado, incluyendo a Brad Pitt, cuyo protagonismo se limita al aspecto promocional del film.



Quizás Inglourious Basterds no sea lo que los fans de Tarantino esperaban. Quizás se hayan minimizado las escenas de acción y violencia estética marca de la casa, a cambio de alargar (en exceso) esos diálogos ingeniosos que tan bien se le dan al autor (habilidad que lleva al terreno de lo magistral en Pulp Fiction). Todos los quizás que queráis, pero yo me lo he pasado bomba viéndola.

domingo 27 de septiembre de 2009

El 9º arte y sus detractores

La ignorancia da alas. Pocos dichos del refranero popular son más ciertos, y cada día salta a la palestra algún iluminado dispuesto a demostrar lo infalible de este axioma. En este caso ha sido Vicente Molina Foix, el Antonio Burgos progre, el que, cual Ícaro imprudente, se ha tocado con las alas de la Ignorancia (así, en mayúsculas) para volar contra el sol impulsado por el poderoso motor de la estupidez humana. Como en el caso de Ícaro, la hostia ha sido mayúscula.

Me refiero al artículo publicado por el susodicho en la revista Tiempo, en el que este “articulista-escritor-dramaturgo-director” arremete alegremente contra el mundo del cómic y el cine de animación, sentando cátedra con frases lapidarias del tipo “el cómic en sus distintas encarnaciones no deja de ser un entretenimiento muy menor” o “que tantos críticos serios digan que una chorrada de plastilina como UP es una obra maestra del séptimo arte me produce vergüenza”, no sin antes haberse lamentado amargamente del Premio Nacional del Cómic, “con el que nuestro Ministerio de Cultura enaltece al dibujante de monigotes con la misma dignidad y el mismo dinero que al mejor novelista, poeta o ensayista del año”. De verdad que ha escrito todo eso.

Siempre he pensado que hay opiniones que se descalifican por sí solas y retratan al que las pronuncias, además al señor Molina Foix (lease Fuagh) le han caído palos de todos lados, desde el sector del cómic, hasta colegas suyos del mundo de la “cultura de verdad”, pasando por el editor de la revista Tiempo, que ha debido disculparse por la opinión vertida en sus páginas (como curiosidad, no perdeos la que le esta cayendo al ínclito en su propio blog: Boomeran(g), donde llevan días fustigándole con este tema). Así que no voy a perder tiempo en valorar una columna que denota un triste y profundo desconocimiento del tema que aborda. Aseveraciones del tipo “la equiparación de Mortadelo y Filemón o el manga con Thomas Mann o Buñuel me parecen una perversión (...)” son de una pobreza argumental tal que dejan poco que decir. Evidentemente esa equiparación es una perversión, pero es que al único pervertido al que hemos escuchado hacerla es a él. El juego de las comparaciones aberrantes es estúpido y fácil de desmontar: comparemos mejor, como alguien puntualizó en su blog, a Corín Tellado, Dan Brown (o al propio Molina Foix) con el Watchmen de Moore, el Born Again de Miller, el Maus de Spiegelman o el Sandman de Gaiman.

¿Berrinche porque parte de las subvenciones del estado van a terrenos donde nuestro hombre del día no puede sacar tajada? ¿Afán de notoriedad? ¿Prepotencia snob y casposa? Sea como sea, no me deja de sorprender que Foix hilvanara semejante retahíla de tonterías sin intentar documentarse un poco, aunque sea como excusa para parecer que su opinión está mínimamente fundada. Porque era previsible que, siendo el cómic un vehículo de expresión cada vez más respetado, le iban a caer hostias de todos lados. Quiero decir, hasta para escribir en mi blog, que lo leen tres gatos, intento documentarme para no meter la pata. Cómo puede alguien, al que se le presupone una mediana inteligencia (presuponía, perdón), permitirse el lujo de publicar semejante despropósito sin un escudo argumental tras el que esconderse cuando llegue el previsible aguacero. ¿O es que el señor Foix creía que su opinión iba a ser aplaudida en plan “bien Vicente, por fin alguien dice lo que todos pensamos”? No sé, en estos gurús culturales suele darse este distanciamiento de la realidad, así que tampoco me extrañaría que mientras escribía se fuera viniendo arriba y se viera hasta más guapo.

De cualquier modo, y dejando al margen la opinión de este caballero, de la que ya se han encargado otros más capacitados (os enlazo a la entrada escrita por Víctor Pons, crítico de cómics de El País, en su blog), no puedo dejar de ver en este episodio aspectos positivos. Para empezar, el hecho de que parece una opinión arraigada que el cómic es un medio de expresión cultural que (como cualquier medio expresivo) en algunos casos puede llegar a ser arte. Este debate está superado desde hace décadas en otros países de nuestro entorno, como Francia o Italia, y parece que comienza a calar también en el nuestro. Tal es así, que los intelectuales y creadores de medio pelo que ven amenazado su chiringuito, que ven arrebatada su potestad para decidir qué es arte y qué no, han comenzado a patalear.

Por otra parte, he comprobado gratamente cómo las reacciones han sido multitudinarias, desde los sectores más diversos, y con bastante fundamento. De verdad que pensaba que éramos muchos menos los dispuestos a librar esta batalla, parece que en este país comenzamos a superar los complejos. Es cierto que el cómic, al igual que el resto de los medios de expresión de nuestros días, se mueve entre la dicotomía obra de arte-producto industrial, tendiendo más a lo segundo que a lo primero. No descubro nada nuevo: Umberto Eco dedicó todo un ensayo a este tema ("Apocalípticos e Integrados"). Cine, literatura, cómics... si pretenden llegar al gran público y convertirse en un vehículo con el que el autor pueda ganarse la vida, debe someterse a las reglas de la industria, las cuales, inevitablemente, van contra la libertad creativa del autor (a no ser que seas Steven Spielberg o Stephen King, claro) y tienen como principal objetivo la rentabilidad económica. Aun así, me atrevería a decir que el cómic, tanto en su vertiente más indie como en las editoriales mainstream, donde los autores tienen en los últimos años más fuerza que en otras industrias culturales, está dando productos de más calidad, y acogiendo mayor proliferación de obras que podríamos catalogar como arte, que medios más "tradicionales" como el cine.

No me enrollo más. Espero que el próximo artículo que leamos sobre cómics en un medio generalista tenga el más mínimo fundamento. Mientras tanto, cito al más grande: “Ladran, Sancho, luego cabalgamos”.

jueves 3 de septiembre de 2009

Cultura popular y cultura minoritaria

En la sociedad occidental la mayor parte de la producción cultural está orientada al entretenimiento, al consumo masivo. Apenas quedan mecenas que puedan (o quieran) permitirse pagar a artistas con el fin de enriquecer una colección privada. Hoy día la inmensa mayoría de lo que es (o pretende ser) cultura está destinado al público. Y a pesar de esto, continúa existiendo cierta frontera que separa la cultura popular de una cultura pretendidamente más elitista, más culta, valga la redundancia. Existe en determinados ámbitos un afán de superioridad, de considerar que determinadas obras de consumo más minoritario están por encima de la llamada ‘cultura de masas’. Detesto este discurso pretencioso.

Stephen King, en el prólogo de la primera parte de su saga La Torre Oscura, dice distinguir dos tipos de autores literarios: los que escriben para sí mismos y los que escriben para su público, y dice tener claro en qué grupo se encuentra él. Se entiende perfectamente lo que quiere decir King pero creo que, en sentido estricto, no existe tal distinción. Todos los autores escriben para un público, para su público, si no, no harían el tremendo esfuerzo de publicar su obra. Escribirían un diario personal o algo así. La diferencia está más bien en la habilidad que tenga cada uno para llegar a una audiencia mayoritaria, y en si decide mantener su estilo o no para lograrlo. Pero me niego a asumir que la cultura minoritaria, por el mero hecho de serla, tiene más calidad que aquellas obras que llegan a un público masivo.

Sin embargo, hay gente que nos pretende hacer creer que sí. De un modo u otro, me los he ido encontrado a lo largo de los años: profesores de comunicación audiovisual, críticos de cine que consideran mejor cualquier película de cine iraní que una de Steven Spielberg, pretendidos expertos musicales que se niegan a escuchar nada que pueda aparecer en una radiofórmula, esos magazines gratuitos tan cool (gratuitos porque no los compraría ni el tato, y porque lo pagan las diputaciones, ayuntamientos, etc.), por no mencionar el tan de moda movimiento “gafapastista” ilustrado, que antes sólo leían a Camus y Cortázar y que, por ejemplo, creían que los cómics se acababan en Mortadelo, pero que ahora consideran imprescindible haber leído Maus y Watchmen (por dios, se editó en el 86 ¿y lo descubrís ahora?).

Entendedme, no estoy diciendo que para que una obra sea de calidad deba ser de consumo masivo (a la vista está la cantidad de bodrios que hay que triunfan comercialmente). Simplemente me opongo al discurso contrario, al que descarta cualquier producto cultural que tenga éxito de público. El arte de nuestro tiempo es la serie House, los discos de Coldplay, las novelas de Zafón y Ken Follet, los cómics de Frank Millar y las películas de Tarantino; eso es lo que trascenderá, y deberíamos alegrarnos de que (al contrario de lo que pasaba en otras épocas) hoy día estén al alcance de todos.